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Caja de hojas y flores secas de Taller Silvestre

lA LLAMA QUE MERECE SER PROTEGIDA

Caja de hojas y flores secas de Taller Silvestre

La expresividad corporal siempre resulta reveladora.


¿Con qué parte de nuestro cuerpo recreamos, instintivamente, la sensación de recogimiento? Con las manos. Las entrelazamos y, juntas, nos las llevamos al pecho, a nuestro centro, como plegándonos sobre nosotros mismos. Este gesto es el que mejor simboliza la época del año en la que nos adentramos, el ciclo de invierno. El frío y la reducción de horas de luz nos obligan a un recogimiento que es doble, por naturaleza: las circunstancias estacionales que nos fuerzan a refugiamos en el calor y paz de nuestros hogares, nos dispone también a la meditación, a ahondar en nosotros mismos, en nuestra memoria.

El retorno cíclico profundiza hasta este extremo, hasta reclamar que tendamos la mano a nuestros orígenes con el mismo movimiento con el que dibujamos aquel recogimiento.
De hecho, los trabajos manuales refrescan en nosotros el sentido original de muchas tradiciones, desvelándonos así la verdadera importancia y razones de las mismas. Con las manos vaciamos el interior de las calabazas para que en ellas se pueda depositar una luz que ilumine el retorno de los muertos… esa era la razón primigenia de un adorno que hoy es ya un puro logotipo del que muchos desconocen su verdadera “función”. Antaño, las calabazas y su luz interior se colocaban en lo alto de muros de piedra, en los cruces de caminos. Así se iluminaba el regreso de los antepasados al mundo de los vivos. De manera que el vaciado de las calabazas va más allá de la versión comercial con la que se ha terminado por disfrazar a ese símbolo.

Curiosa metáfora, ésta en la que un fruto como la calabaza, que aparentemente no goza del romanticismo o cualidades estéticas de otras frutas o verduras, sirva para recoger dentro de sí la frágil luz de esta época. No se trata entonces de su belleza, sino de lo robusta que puede ser su piel exterior junto con la delicadeza interior de su “carne”: la calabaza representa los rasgos más elementales de una casa o de un refugio. Que un fruto de la tierra tan poco estilizado como una calabaza se mantenga todavía hoy como emblema de esta festividad en casi todo el mundo no deja de ser significativo. La apisonadora comercial en que se ha convertido la mercadotecnia (asociada a esta festividad) no ha conseguido diluir el hecho de que la cosecha, las calabazas, castañas, flores… sigan ocupando su lugar como mediadores imprescindibles en nuestro diálogo con la tierra, que en este caso lo es también con nuestros antepasados. En este diálogo participan también nuestras manos, trabajando escultóricamente las calabazas con el objetivo de acomodar su interior a la luz, en un sentido que puede recordar, salvando las distancias, a la obra de un Oteiza o de un Chillida.

La simbología de estas tradiciones (como es fácil descubrir si se presta la debida atención a cómo se desarrollan, a qué materiales u objetos se emplean y a cómo son tratados esos materiales), desvela la necesidad de retornar a nuestras raíces como una etapa necesaria en nuestro avance vital, social o psicológico a lo largo del año.

Estas tradiciones y costumbres ahondan en el recogimiento, en retomar la importancia de lo interior, en subrayar nuestra pertenencia a la tierra. Insisten en la humildad, una palabra que proviene del latín humilitas, que a su vez deriva de «humus», la capa del suelo en donde se descomponen materiales animales y vegetales, la materia que se utiliza como abono, el poso fértil en donde se origina vida.

Insisten también en el contacto con la naturaleza, en la necesidad de momentos de introspección, el fundamental recogimiento en nuestros hogares y en nosotros mismos para proteger el calor y la luz, nuestro calor y nuestra luz.

Caminamos hacia el invierno volviendo a nuestras raíces y reviviendo la relación con nuestros ancestros. Esta es la llama que merece ser protegida.

Texto de Eva Barcala para Taller Silvestre

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